Mtnez Tornel - La cesta de brevas
22 / 06/
1904 La cesta de brevas
Dejó su colchón de perfollas a las
tres de la madrugada la pobre Doloricas, una huertana, solterona, endurecida en
las faenas de la tierra, se vistió de su ligera ropa, y fue y se subió a su higuera
a coger, a aquella hora, para que estuviesen frescas, una cesta de brevas. El
bregar entre frondosas ramas para ir eligiendo el fruto maduro, le hizo sudar
bastante, pero no le cansó. A las cuatro, ya de día, estaba la cesta llena ¡Y a
Murcia con ella, eal
Pues ya viene mi Dolores
por el camino de Beniaján adelante, anda que te anda, con Ia cesta En un brazo,
y un quitasol en la mano.
Se iba haciendo sus
cuentas y decía: "La cuestión es que esté levantado don Pepe y se entere de
lo que he llevado; porque si está acostado y no se entera, ni agua, aunque bien
sabe Dios que esto no lo hago yo por el interés. Cogerá la cesta aquella tía
gandula, vaciará las brevas en una fuente y me dará las gracias. Don Pepe se
echaría un rato de conversación conmigo y me daría dos petas, que me vendrían
de perilla, como me 1as ha dado siempre que me ha visto llevarle cualquier
fineza ¡Sea 1o que Dios quiera!"
Y pensando y repensando
sobre este único tema, llegó Doloricas al fielato, donde le quisieron despachurrar
las brevas; pero ella las defendió valientemente diciéndoles a los guardias:
"Ustedes no me tocan las brevas; si no se fían de mí, yo las iré sacando
una a una de Ia cesta para que vean que no llevo otra cosa; pero tocarlas con
esos deos tan cochinos, no. Las
brevas son para Don Pepe…
-¿Para qué Don Pepe?
-Para
uno que no les importa a ustedes.
Y siguió adelante entrando en la
ciudad. La cesta en el brazo izquierdo, el quitasol en la mano derecha.
Desciende por Ia Avenida del Puente, toma por la calle
de San Patricio, pasa la plaza de Belluga, se entra por la calle de Polo de
Medina, y al poco en un callejón próximo se detiene delante de una puerta
pequeña y dice: "Sí, aquí vive Don Pepe", y llama dando dos golpes
con el aldavoncillo de hierro, A1 poco abren, sube y se encuentra con la mujer
a quien en su monólogo había llamado “tía
garduña”, Esta la recibió con una amabilidad que e1la no esperaba, le hizo
sentar en el comedor, y le cogió Ia cesta, Ie alabó las brevas, y últimamente le
dio dos pesetas, excusándose de no poder darles más por el momento. A
Doloricas, no se le ocurrió más que preguntar:
-¿De Don Pepe, es verdad?
- De Don Pepe no, mías. ¡Don Pepe hace un mes que falleció!
-¡Jesús, María y José! -exclamó Doloricas, al mismo tiempo
que se le saltaban las lágrimas. ¡Pobre Don José! Tan bueno, tan caballero y
tan generoso…
-¡Sí qué era bueno! Pero diga usted, Dolores, qué motivo de
gratitud tiene Vd. para con él.
-Deberla la vida. Mire Vd., A mí se me hizo un zaratán en el
pecho que me comía viva. Vine a Murcia, muriéndome, a decírselo a D. Pepe; y
así que se enteró, fue y me metió en el hospital, llamó a D. Agustín Ruíz, y le
dijo: 'Agustín, a esa zagala hay que quitarle eso y dejarle sus cosas bien arregladas,
como si fuera cosa nuestra, persona de la familia". Y D. Agustín, efectivamente,
me operó a los dos días con tan buena mano, gracias a Dios, que aquí me tierue Vd.
entavía... Por eso, mientras D. Pepe ha vivido
siempre le he traído las primeras brevas de mi higuera: ahora no le faltarán
mis Padres Nuestros… como no le han faltado tampoco a C. Agustín Ruíz, que
murió…
Pues esto no es cuento, es que hay
personas que no olvidan nunca un beneficio, aunque no sepan cómo pagarlo.
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